Turquía: El presidente Erdogan amenaza al ejército sirio si causa más bajas entre soldados turcos

Recep Tayyip Erdogan elevó el tono contra los dramáticos avances del Ejército Árabe Sirio, a expensas de Turquía y de los rebeldes islamistas a los que arma o tolera. El presidente turco tronó ayer que si el régimen sirio vuelve a causar bajas entre sus soldados, “le golpearemos en todas partes, por tierra y aire”.

Erdogan insistió en su ultimátum del 29 de febrero para que las fuerzas de Bashar el Asad retrocedan a sus posiciones anteriores. Al menos tres fortines turcos en Idlib se encuentran rodeados, y Erdogan reconoció la muerte de catorce de sus soldados. Una sensible pérdida que no evitó que El Asad recuperara la autopista que une las cuatro mayores ciudades sirias, intransitable desde el 2012.

En su fulminante discurso ante su grupo parlamentario, Erdogan cargó también contra Rusia “por masacrar civiles en Idlib”, última provincia rebelde y bolsa de desplazados. De forma no menos inusual, el Kremlín replicó que quien está agravando la crisis es Turquía al enviar refuerzos “tras faltar a su promesa de separar y desarmar a los terroristas”.

El Gobierno sirio, por su parte, calificó de “despreciables” y “vacías” las amenazas de Erdogan, “propias de alguien desconectado de la realidad”.

La acritud del mandatario turco se debe a que está perdiendo cartas que le eviten salir aún más chamuscado de su aventura siria, espoleada por otras potencias. Una de ellas, sin embargo, ha salido esta semana de su estupor, animada por el enfrentamiento armado entre Ankara y Damasco y, sobre todo, por la consiguiente tirantez entre Turquía y Rusia.

Ayer tuvieron un aparte, en la reunión de la OTAN, el ministro de Defensa turco y su homólogo estadounidense, Mark Esper, quien busca sacar un pie de Oriente Medio para que lo metan los europeos. Y un día antes, la Casa Blanca mandó a Ankara a su enviado para Siria, James Jeffrey, que chapurreó en turco que “EE.UU. está con su aliado”.

Ayer, sin embargo, otro incidente en Siria llamaba a la cautela. En un pueblo al este de Qamishli –en lo que fue la Rojava kurda– un convoy de blindados de EE.UU. era detenido a pedradas por los vecinos. Uno de ellos arrancó la bandera de EE.UU. de un tanque, cuestionando a gritos su presencia. El incidente terminó con un intercambio de tiros y la muerte de un civil, mientras los estadounidenses debían retirarse con cobertura aérea.

En esa frontera de Siria, más que en Idlib o Afrin, es donde el Estado turco tiene su línea roja. Es allí donde su némesis del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) pesa a ambos lados. Amparando a yihadistas que si fueran turcos estarían en la cárcel, Ankara devuelve a Damasco su apoyo de décadas al PKK.

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