Hoy recordamos al Gral. Savio

Manuel Nicolás Aristóbulo Savio nació el 15 de marzo de 1892 en Buenos Aires.  Cursó sus estudios primarios en la Escuela de Graduados y los secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires, de donde egresó en 1908.  Inició su carrera en el Colegio Militar de la Nación en marzo de 1909, a los 17 años, y egresa como subteniente el 31 de diciembre de 1910. 

Segundo de promoción en el arma de Ingenieros, es destinado al 5º Batallón de la misma con asiento en la ciudad de Tucumán.  Su primer jefe es Alonso Baldrich, quien luego luchará junto a Mosconi por el petróleo nacional.

En 1916 asciende a teniente 1º.  Un año después es destinado al Colegio Militar, como instructor de cadetes en el arma de Ingenieros.  Enseñaba “Metalurgia y Explosivos”, “Servicio de Ingenieros” y Organización Industrial Militar”.

En esa época tradujo del francés tres obras del capitán Dumez, profesor de la Escuela Superior Técnica de Artillería de Francia.

En 1919 se había creado en ese instituto el Curso Especial, y Savio es alumno del mismo en el primer año de su funcionamiento; después, profesor en aquel curso.  Asciende a capitán.  Hasta 1921 permanece en ese destino, donde figuras destacadas lo califican de manera elogiosa.  Entre otros, quienes luego serían, respectivamente, ministro de Guerra y presidente de la República: general Manuel Rodríguez y general Agustín P. Justo.

Entre 1922 y 1923, cursa la Escuela Superior de Guerra y, al finalizar el 2º año, opta por la especialidad técnica.  Poco antes de terminar el año 1923, es nombrado en la Comisión de Adquisiciones en el Extranjero con asiento en Bruselas.  En Europa visita establecimientos industriales vinculados con la producción bélica, en particular en Francia y Alemania.  Recoge datos y testimonios de quienes vivieron las vicisitudes logísticas durante la 1º Guerra Mundial.  Regresa al país en 1926 con el grado de mayor y, desde esa fecha hasta 1934, prepara en San Martín, asiento del Curso Superior y Especial y luego Escuela Superior Técnica, a los futuros ingenieros militares.

Hasta la revolución de 1930, fue jefe del Curso Superior y Especial del Colegio Militar de la Nación y profesor en el mismo de Servicios de Ingenieros y Organización Industrial Militar.  Asciende a teniente coronel en diciembre de 1929.  Participa en el golpe militar citado como jefe de la Sección Informaciones y Ordenes del Estado Mayor en Jefe Revolucionario.  Luego de ocupar la presidencia, el jefe del movimiento, general José F. Uriburu, interroga a Savio acerca de sus aspiraciones.  La respuesta es breve y directa: crear la Escuela Superior Técnica, sobre la base del Curso Superior y Especial.  Uriburu accede; el Instituto es fundado el 6 de noviembre de 1930; y el teniente coronel se convierte en su director.  Los que han estudiado su trayectoria, como por ejemplo el general de división Juan E. Guglialmelli, suponen que en ese momento Savio dio el primer paso de un plan muy elaborado y que había guardado en lo más íntimo: preparar y disponer del recurso humano necesario para un programa de industrialización que había de concretar, en etapas sucesivas, con el correr de los años.  Un proyecto que no sería fácil, pero que llevaría adelante con cuidado y tozuda perseverancia.  El 18 de julio de 1931, se le reconoce como oficial ingeniero militar.

La creación de la Escuela Superior Técnica significaba la formación del personal militar capacitado para ejecutar esa “movilización industrial” que Savio siempre preconizaba y que, sostenía, llevaría al Ejército a convertirse en la fuerza propulsora que habría de establecer la industria pesada de la Argentina, justamente, un Ejército que tenía una desesperada necesidad de equipamiento, lo que imponía al país una pesada carga financiera.

La guerra mundial no sólo había agravado dramáticamente el déficit de combustibles y fluido eléctrico, no sólo impedía renovar el equipo industrial, sino que privaba a las Fuerzas Armadas de sus fuentes tradicionales de abastecimiento.  Era indudable que la Argentina necesitaba en ese momento crear su industria pesada.

Savio veía que, a falta de empresas privadas con capacidad para hacerlo, y como la protección industrial y los subsidios no darían fruto antes de mucho tiempo, era forzoso que el Estado acometiese esa tarea por sí mismo, a través del Ejército.  Más adelante, a medida que el capital privado cobrase fuerzas y la conciencia de ellas, suplantaría al estado en esa actividad.

El proyecto preveía que al final de una década el Estado estaría equipado con materiales producidos en el país, frente a una perspectiva bélica que parecía inevitable, y además habríamos iniciado la industria pesada, estimulando la iniciativa del capital y capacitando la mano de obra.

Al idear Fabricaciones Militares, sustituyó la palabra fábrica por la de fabricaciones porque pensaba en un organismo que produjese para la economía y la defensa nacionales a través de terceros, sin tener ninguna empresa propia.

La misión específica de ese organismo era, simplemente, la movilización industrial, pero no con vistas a un determinado conflicto bélico, sino como tarea permanente.

Al promulgarse el 9 de octubre de 1941 la ley que creaba la Dirección de Fabricaciones Militares se convirtió en su primer director.

En 1943 inauguró los Altos Hornos de Palpalá y el 11 de octubre de 1945 se produjo la primera fundición de arrabio en Zapla, Jujuy, primer acería de la Argentina.  Se trataba de una experiencia piloto y de un pequeño alto horno que trabajaba con carbón de leña.  La experiencia demostró que se podía producir arrabio en el país a precios razonables y avanzar, rápidamente, hacia el autoabastecimiento siderúrgico y la implantación de la industria pesada.

Este hombre no sólo pensó en el hierro y el acero.  Proyectó una ley de materias primas básicas: cobre, plomo, estaño, tungsteno, berilio, otros metales no ferrosos, uranio y demás minerales radioactivos.  Previó la explotación del aluminio y del manganeso.  Cada uno de estos proyectos estaba precedido por un estudio con proyecciones de mercado a 8 o 10 años, donde se consignaban las necesidades, los objetivos de producción y los métodos a emplear.

Alcanzó a ver tres sociedades mixtas: la de aceros especiales, Atanor, concebida para producir caucho sintético y que debía llevar hasta la petroquímica, y la de industria química, a partir del ácido sulfúrico, con azufre autóctono, indispensable para la química pesada.

Proyectó la conversión de una vieja fábrica de munición de artillería para explotar nitrato de amonio y obtener fertilizantes nitrogenados.

Recibió el grado de general de división el 31 de diciembre de de 1946.  Se casó con Alicia Dorrego y tuvo tres hijas: María Alicia, Marta Matilde e Irene Inés.

El 31 de junio de 1947, mediante el decreto 22.315, se creó la Sociedad Anónima Mixta “Siderurgia Argentina” –SOMISA- de la cual fue su primer presidente.

Las obras que destacan a Savio son, fundamentalmente, la creación de la Escuela Superior Técnica, Fabricaciones Militares y SOMISA, piezas indispensables para esa Argentina que necesitaba profesionalizarse, crecer, salir al mundo.  También ideó la doctrina y puso en marcha la estrategia para la industrialización del país, proyecto que se detuvo al mismo tiempo que su corazón en 1948, a pesar de que, por la inercia del camino emprendido, algunas obras continuaron hacia delante.  Aquel sueño se plasmaría en realidad el 5 de mayo de 1961, cuando en la planta General Savio, en San Nicolás, se obtuvo la primera producción de acero.

A veces le faltó apoyo oficial, otras tropezó con empresarios que preferían las ganancias fáciles, pero la testarudez de Savio lo hizo seguir adelante con fe, con sentido de justicia, con espíritu nacional.

Savio fue un visionario y un anticipado a su época, por eso encontró tantos obstáculos, por eso su muerte significó la parálisis de sus proyectos, cuando no una vuelta atrás.

El modelo de la asociación entre el Estado argentino y los empresarios nacionales prometía ser productiva, pero lamentablemente se debilitó a la muerte del general Savio.  Esto fue motivo de análisis y consideraciones laudatorias en la obra de Thomas C. Cochran y Robert E. Rein, “Entrepreuneurship in Argentine Culture” (University of Pennsylvania Press, 1962), según cita el periodista del diario La Opinión de Buenos Aires, Osiris Troiani, en un artículo suyo de 1973.

Como nadie es profeta en su tierra, Savio no fue justamente valorado en el país.  La nuestra era entonces una clase empresarial a la que le costaba asumir los compromisos para con el crecimiento argentino como algo propio.

Savio, el combativo, el tenaz, el visionario Nicolás Savio, caería en un sector de sombra.  La muerte se llevó su cuerpo y permitió a todos aquellos que preferían seguir distraídos, que lo siguieran haciendo.

El costo que la Argentina y todos nosotros hemos y estamos pagando por ese motivo, todavía nos mantiene en carne viva, discutiendo absurdos argumentos ya perimidos en el mundo y lejos del destino de grandeza y holgura que pudimos haber alcanzado y del que estuvimos cerca.

Era un hombre austero y culto.  Leía los clásicos, escribía con facilidad y vuelo poético y tenía como pilares viejos valores como la ética o el sentirse orgullosamente servidor de la República.  Nunca aceptó cobrar más sueldo que el del Ejército, y formó una familia sólida con la que vivió en una casa de Belgrano comprada con un crédito del Banco Hipotecario que a la hora de su muerte no había terminado de pagar

Falleció a los 56 años, el 31 de julio de 1948.

Fuente

Echagüe, Selva – Savio, Acero para la industria – Buenos Aires (1999)

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

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