Hay que crear y luchar (también) por el "concepto educativo" (Por Mariano Saulig)

Hay dos certezas: no hay posibilidad de brindar educación de calidad con bajos salarios y, a la vez, el sistema educativo está en crisis tanto en términos presupuestarios como conceptuales. En este contexto, el inminente envío al congreso del Plan Maestro de educación impulsado por el Ministro de Educación EstebanBullrich obliga a la docencia a expandir el campo de debate más allá de la problemática salarial. Esto no significa que haya que cejar en dichos planteos o suavizarlos sino que hay que complementarlos con luchas por el <<concepto educativo>>. Es decir, hacerse cargo de todas las preguntas y transformaciones que el sistema escolar debe llevar a cabo e impulsarlas de manera que el proceso no enmascare una política de precarización de las condiciones laborales de los profesionales de la educación.

En este sentido, el proyecto de la doble jornada escolar, uno de los aspectos que viene militando con insistencia el macrismo, expresa una amenaza sindical y una inadecuación conceptual respecto de las necesidades educativas actuales. Por un lado, si hoy el Estado dice no tener plata para pagarles a los docentes, no hay manera que pueda hacerlo en un sistema de jornada completa: o actualmente hay más plata para salarios y no quieren otorgarla, o el proyecto supone bajar drásticamente el valor salarial de la hora de clase. Por otra parte, la doble escolaridad supone someter a los estudiantes durante más tiempo a la situación áulica en la que son sujetados a órdenes de verdad que no les pertenecen, cuando, por el contrario, las nuevas tendencias productivas tienden a propiciar la especificación.

Contexto

El dispositivo escolar viene acarreando problemas significativos en las últimas décadas, sobre todo por su inadecuación a las nuevas sensibilidades existenciales y a las nuevas tendencias productivas. La escuela era exitosa para socializar a los individuos en la sociedad <<normal>>, tejido vincular que no tenía demasiadas posiciones diversas: la mayoría de los ciudadanos iba hacia la producción caracterizada por el modelo técnico fordista, otros eran militares, algunos médicos y docentes, y solo una escasa minoría se dedicaba a la investigación y el desarrollo. Ese modelo de inserción social comenzó a quebrarse ante la diversificación y proliferación de áreas, en su faceta positiva; y en su lado negativo, por el sostenido proceso de financierización de la economía.

En la actualidad, estamos ante una nueva fase, posiblemente el quiebre final de los últimos resortes de aquél modelo social, debido a la emergencia de la robótica que ya está expresándose en el mercado laboral: hace escasas semanas se inauguró el primer servicio de taxi-aéreo en Dubái, basado en drones sin conductor; Amazon ya utiliza robots para el manejo de sus depósitos, en Japón decidieron que habrá autos sin chofer como transporte para los deportistas que participen de Tokyo 2020 y en Rusia estudian la producción de camiones automáticos para mejorar el rendimiento del combustible. Además hay una tendencia sostenida a la baja de la tasa de empleo en función de la cantidad de dinero invertido. Estas orientaciones (solo algunos ejemplos de una mutación productiva general) parecen irreversibles salvo a causa de procesos sociales extra-técnicos que detengan el proceso momentáneamente. De esta manera, la principal consecuencia de esta dinámica será la tendencia a la desaparición de los puestos laborales industriales clásicos que urdían el tejido social de la <<sociedad normal>>. En consecuencia, necesitamos pensar una educación para socializar a las nuevas generaciones en un mercado laboral que se volverá más demandante respecto del nivel de especificidad y complejidad.

 

El fetiche de las horas de clase

La doble escolaridad es uno de los caballitos de batalla que exhibe el proyecto educativo de Macri y Bullrich, modelo que el plan Maestro apuesta a garantizar para el año 2026. Esto se apoya en el supuesto de la importancia de la <<cantidad de horas>>. Sin embargo, deberían recordar (o enterarse) los funcionarios que diagnosticar los problemas educativos en función de variables objetivas aisladas es mera brutalidad analítica. De hecho, el informe Education at Glance 2016 publicado por laOCDE señala que hay países con mejores rendimientos académicos que tienen sistemas educativos con menor cantidad de horas de clases. Por ejemplo, en nuestro país, la primaria prescribe 720 horas de clase, mientras que el siempre congratulado sistema educativo finés presenta 661 horas y el alemán, 701. La educación debe ser analizada como un <<todo>>: cuánto tiempo, haciendo qué, con quién, dónde, cómo y por qué.

Re-Pensar el dispositivo: ¿es el aula el mejor lugar?

Aumentar las horas de escuela en la actual espacio-temporalidad educativa, es incrementar la cantidad de tiempo mal invertido. El aula es inadecuada como espacio educativo central por (al menos) dos motivos: expresa implícitamente un modelo comunicacional arcaico y es un pésimo espacio para la agencia de emociones.

Respecto del primero, dado el crecimiento exponencial de la cantidad de información circulante y la diversificación de los <<trayectos-comunicacionales>>, el modelo del pizarrón, que dirige la atención de la totalidad del grupo-clase en tanto centro difusor de conocimiento, ha devenido obsoleto. No es solo una cuestión tecnológica, ya es <<vieja>>, en este sentido, la centralidad aun cuando sea guiada por un proyector. La guerra con los celulares que juegan los docentes todos los días, con vaivenes en las posibles soluciones, se basa en una mala caracterización sobre la forma y especificidad de la circulación de la información. Los centros uniformantes ahora disputan poder con redes sub-especificadas en términos temáticos y los estudiantes no son ajenos a ello, se socializan en esas especificaciones en función de sus interesesMientras tanto, el concepto arquitectónico del aula se mantiene intacto, tal como si la información siguiera circulando como en 1950, y los grupos que las pueblan son diseñados en base a categorías generales como edad y gradualidad.

Por otra parte, el aula como espacio centralizado de la educación es un mal gestor de las emociones debido a que tiende a generar <<contagio emocional>>, situación que cualquier docente de escuelas del conurbano puede atestiguar. El contagio emocional transforma al grupo-clase en un conjunto de personas con escasas posibilidades de llevar a cabo aprendizajes de alto nivel cognitivo. La inadecuación del aula en este caso remite a que como espacio de vinculación, tiene poco para ofrecer en función de propiciar un cambio emocional favorable a la experiencia educativa. En su momento, la carga emocional que sostenía el aprendizaje áulico era la cadena de disciplina y castigos de la cual el aula era solo un eslabón. Eso (por suerte) ha sido puesto en tensión con los abordajes inclusivos, aunque éstos conllevaron el resultado negativo del aumento de la conflictividad escolar. En parte, porque la arquitectura disciplinaria del aula necesita del sistema de castigos para funcionar como un todo. Volver atrás no es una opción, los ejercicios de melancolía no tienen sentido: la disciplina normalizadora no puede ser el basamento para una educación que necesita facilitar la especificación.

Des-escolarización o transformación del concepto escolar

El 11 del corriente, Adriana Puigróss (especialista en educación y Diputada con mandato cumplido) escribió una nota para el diario Página/12 en la que afirma correctamente el peligro de la des-escolarización a manos de las corporaciones, es decir, un proceso en el que los docentes y la escuela podrían ser reemplazados por programas tecnológicos ofrecidos por las corporaciones. Esta posibilidad no es una lejana distopía, es algo para lo que muchos actores internacionales se están preparando, amparados en la inadecuación del sistema educativo a las necesidades actuales. Pero, cabe preguntarse: ¿la forma de resistir es abrazarse al formato de la escuela normal y moderna? Muchos creemos que la respuesta es un rotundo NO, que dicha estrategia amplía las posibilidades de victoria de las corporaciones, por lo que los docentes debiéramos ponernos en primera fila para debatir el aggiornamiento conceptual de la educación a los nuevos tiempos, aun cuando ponga en cuestión muchas de las certezas, prácticas y estilos que impregnaron nuestro desarrollo profesional. Dicen que el secreto para surfear con éxito una ola, no es oponerse a su fuerza, sino entregarse a su dinámica para expresar en ella el propio arte.

* El autor es Lic. y Prof. en comunicación social, docente en actividad.

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