
Lionel Messi, chiquito, manos en los bolsillos del pantalón vaquero y buzo Nike, subió solo la escalera y apareció como si fuera un error en el hall de espera de Cablehogar, en Rosario. No había nadie del Canal 4 para hacerle una entrevista a ese pibito tímido pero de mirada pícara. El cronista deportivo (el querido Alejo Gómez) se había ido a cubrir una práctica de Central y me pidió una mano porque tuvo que salir antes de urgencia. El móvil, el único, debía pasar por el Concejo y él se perdió esa nota. Era el año 2004 y un aumento de la TGI o la suba del boleto, ese museo de novedades, o sacarle una declaración al Sapito Encina era más importante que esperar a un adolescente, una promesa lejana. Las telarañas del presente suelen ser demasiado pegajosas para el periodismo. El futuro siempre es difuso. Así que ahí estaba yo con el —para mí— desconocido Messi. Lo recibí como quien se encarga de un paquete. Tampoco había un camarógrafo presente y entonces nos empezamos a mirar con la productora del noticiero (Verónica Morante), empujada también a sumarse a esa cruzada.