Hillary Clinton fracasa en su sueño de ser la primera presidenta de EEUU

La demócrata Hillary Clinton llamó a su rival Donald Trump y fue él quien informó de esa llamada admitiendo la derrota en su discurso de victoria. Clinton desapareció de la escena política sin hacer ruido, quizás rota, devastada, y sus seguidores en el centro de convenciones Jacob K. Javits de Nueva York no podían ocultar el espanto en su rostro.
Si ella hubiese podido celebrar la victoria, su comparecencia habría sido todo un hito, pues hubiese roto ese techo de cristal al convertirse en la primera mujer presidenta de Estados Unidos. Toda su vida luchó por este momento y al final acabó derrotada por un demagogo y, sobre todo, por el apoyo a su rival de muchos hombres blancos indignados.
Es un momento horrible, un amargo final para Clinton tras una campaña electoral en la que no han escaseado precisamente los tragos amargos.
La candidata, de 69 años, deja atrás momentos de pura histeria, de comentarios infames. Se escuchó gritar a muchos hombres y mujeres que tenía que ir a la cárcel y se podía ver a gente con camisetas en las que se leía que ella era una canalla, una zorra.
Varias mujeres volvieron a salir a la tribuna para denunciar a su marido Bill Clinton por abusos. Y Julian Assange anunció desde su pequeño cuarto en la embajada ecuatoriana en Londres todo un arsenal de mails perjudiciales para la candidata.
Trump no hizo más que dar alas a todo ello y así ganó terreno. Se hizo fuerte porque Clinton era vunerable.
Quién hubiese pensado en abril de 2015 que se llegaría a un duelo tan desigual. Entonces fue cuando anunció su candidatura plena de optimismo. Tan sólo han pasado 19 meses, poco más de un año y medio, pero parece una eternidad.
Clinton ha sido primera dama, senadora, secretaria de Estado. Por lógica era una candidata a la Presidencia, pero el momento no era el adecuado. La gente ya no quiere dinastías, no quiso otro Bush en la Casa Blanca y tampoco otro Clinton. Ella era la representante de la élite, del establishment. Llevaba demasiado lastre.
Junto a su marido Bill han protagonizado durante años la crónica del escándalo. La relación que tuvo el ex presidente con la becaria Monica Lewinsky es sólo la punta del iceberg. La imagen de la corrupción está ligada a la pareja. Demasiadas veces los Clinton buscaron en el pasado la cercanía de bancos y grandes donantes. Como secretaria de Estado se reunió con personas que donaron dinero para la fundación familiar. Y eso finalmente acabó pasándole factura.
Y sobre todo ello planeó un escándalo del que no se ha podido desprender. La palabra email se convirtó en 2016 en veneno para ella. El hecho de que como secretaria de Estado emplease para sus mensajes un servidor privado y borrase más de 30.000 de esos correos hizo que muchas personas pensaran que era una política que estaba por encima de la ley.
Eso hizo a Clinton vulnerable, aun cuando el FBI suspendiese las investigaciones por este caso. Pero todo volvió a surgir hace unos días cuando el director de la policía federal anunció que se iban a investigar nuevos mails (de los que no se conocía su contenido). Es casi una ironía de la historia que los investigadores hallaran esos correos en la computadora de un diputado del Congreso que había enviado imágenes de sus partes íntimas.
Y por si no fuera suficiente, Julian Assange publicó una nueva tanda de mails hackeados de los demócratas. De ellos se deduce que hay una gran diferencia entre la Clinton que habla en público y la que es en privado, una diferencia que ella misma admite. Se pudo ver también las tretas que se hacían entre bambalinas. Cómo los trabajadores maniobraban unos contra otros y qué es lo que pensaban de su candidata. Todo estaba ahí expuesto, como una herida abierta.
Al principio ella era la favorita, pero al final las diferencias eran escasas. Todo ello tiene que ver mucho con Trump, pero también con ella misma. En esta campaña apenas hubo momentos en los que Clinton pudo estar centrada en ella, como cuando ganó a Trump en el primer debate de televisión cuando le rebatió sus argumentos con hechos y cifras.
Fue tan sólo un momento, pero ahí se pudo ver a la estadista que ella ya es desde hace tiempo. Pero al final no ha tenido la oportunidad de demostrarlo.(dpa)