Neuquén: Los trabajadores de la Planta de Agua Pesada luchan para evitar que cierre

En poco más de un año perdió unos 100 trabajadores. Los que quedan luchan para evitar que cierre y desconfían de las promesas gubernamentales para transformar el gigante de Arroyito en una planta de fertilizantes.
“A mi nene de cuatro años le quedó que vamos en el auto y ve algún humito y me dice: ahí está tu trabajo papá”. La anécdota pertenece a Adrián García, uno de los electricistas de turno de la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP) de Arroyito, y refleja los dos últimos años de su vida y las de sus compañeros, cuando tuvieron que empezar a protestar en la ruta por la que siempre circulaban para ir a trabajar. En mayo del 2017 dejaron de producir y casi en paralelo comenzaron a tener problemas con el cobro de salarios, con una creciente incertidumbre sobre su futuro laboral. Desde ese día hasta hoy, cuentan casi 100 compañeros menos entre sus filas.
Entre los que se fueron, algunos pasaron a trabajar en el área de servicios petroleros de la administradora de la PIAP, la Empresa Neuquina de Servicios de Ingeniería (ENSI). Otros, jóvenes, resignaron una posible indemnización de algunos años por la promesa de un puesto laboral en otro lugar.
También hubo quienes aceptaron retirarse de manera anticipada. Para los que quedaron, la estrategia del gobierno nacional consiste en reducir el personal a través del desgaste. “No quieren poner un peso, como hicieron con YPF”, afirmó Gustavo Salvucci, quien desde hace 27 años recorre la planta.
Gustavo habla con orgullo de la PIAP, el mismo con el que eligió trabajar en el lugar, cuando otras ofertas lo tentaban. Entre las torres y su laboratorio, en el que se dedica al despacho de agua pesada, fue formando su vida, su identidad y una idea que hoy lo compromete con la lucha por mantener en pie a la planta: la independencia energética es importante para sostener la producción nacional porque “el crecimiento de un país se mide de acuerdo a la energía que producís”.
Sin embargo, los planes nacionales desalientan el desarrollo de las centrales nucleares a las que la PIAP provee de agua pesada. En mayo de este año se suspendió la construcción de Atucha III y se quitó la partida para funcionamiento del presupuesto del año próximo.
No hay mercado internacional para la producción y las esperanzas se centran en la generación de 500 toneladas destinadas a stock de seguridad para las centrales que hoy están en funcionamiento. Otras de las propuestas es anexar una planta de fertilizantes nitrogenados ya que comparten el amoníaco como insumo básico.
Esta propuesta fue respaldada por el gobernador Omar Gutiérrez a través del decreto 842/18, sin embargo, los trabajadores desconfían. Sobre el tema, el dirigente de la junta interna de ATE, Pablo Sosa, resaltó que hace décadas que se habla de la idea sin acciones reales y que el funcionamiento sigue estando “atado” al de la planta, para que se produzca el amoníaco. Uno de los delegados, Cristian Salas, agregó que para poner en marcha la planta de fertilizantes es necesario invertir 500 millones de dólares y Nación no lo va a hacer”.
Sin embargo, nadie piensa en bajarse de “el barco”, como se conoce a la mole que se ve desde la ruta, que con todas las luces prendidas cuando llega la noche parece una embarcación navegando por el campo. “No se las vamos a hacer tan fácil”, coinciden todos a la vez que cuentan con amargura que, hace algunos años, el subsecretario de Energía Nuclear de la Nación, Julián Gadano, les prometió trabajo por 18 años más. La realidad fue otra y desde la parada de la planta del 2017 la incertidumbre es lo que reina en las charlas de los obreros.
Un momento difícil
“Hemos tenido parates, pero como este nunca. Que no te digan que tenés horizonte es feo”, lamentó Darío Alarcón. Le sobran años para hacer la comparación, ya que arrancó a trabajar al mismo tiempo que la planta y lleva la mitad de su vida ahí adentro. A su preocupación por sus compañeros que tienen problemas psicológicos o se sienten deprimidos, se suma la de las vivencias en su casa. Su casamiento, su casa y sus dos hijos vinieron de la mano de tener un trabajo “serio”. Por primera vez en su vida se encontró diciéndole a su familia que no podían hacer ciertos gastos y teniendo que dar explicaciones por las deudas.
En medio de estas situaciones y de la incertidumbre, siguen yendo a trabajar, haciendo mantenimiento de las instalaciones porque tienen la esperanza de volver a producir agua pesada.
Si bien Darío y Gustavo consideran que a su edad ya no conseguirían otro trabajo por las dinámicas propias de la demanda laboral hay algo que los une con Adrián y que los retiene al igual que a sus compañeros, entre los brazos de las tuberías que enredan la PIAP: “Esto no se puede caer porque tiene lógica de estar y dar el brazo a torcer por intereses políticos, que poco tienen que ver con los de una Nación, te tira a decir que hay que pelearla”.
Los planes nacionales desalientan el desarrollo de las centrales nucleares a las que la planta provee de agua pesada, como el caso de Atucha III.(Río Negro)